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🛢️ La Cadena Invisible

Cada eslabón de la industria aseguradora se queda con una tajada enorme. Para proteger el riesgo no queda tanto. Lo que nadie te había contado, hasta hoy.

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abr 26, 2026
∙ De pago

🔥 De Barranquilla a la Milla Cuadrada

Barranquilla, Colombia. Martes 4 de marzo de 2026. 6:15 de la mañana.

Orlando Herrera abre lo que queda de la persiana metálica y entra a su taller de refrigeración industrial. El olor a plástico quemado y cobre fundido lo golpea antes de que encienda la linterna del celular. Un cortocircuito en la madrugada del domingo arrasó con el 70% del inventario, dos compresores industriales, la estantería de repuestos y la mitad del techo. Veintidós años de trabajo convertidos en ceniza y escombros.

Orlando tiene seguro. Lleva tres años pagando sin falta una póliza contra incendio que le cuesta un millón ochocientos mil pesos al año. Respira hondo. Marca el número de la aseguradora.

Lo que sigue es un calvario que durará meses.

—Señor Herrera, necesitamos que diligencie el formulario FRI-07 de declaración de siniestro, adjunte copia de la póliza, del certificado de Cámara de Comercio, del RUT actualizado, del inventario valorizado con factura, del concepto técnico del Cuerpo de Bomberos y de las fotografías con georreferenciación y sello de fecha. Cuando tengamos todo, asignamos perito. El tiempo estimado de respuesta es de cuarenta y cinco días hábiles a partir de la radicación completa del expediente.

Orlando cuelga. Mira los escombros. No tiene cuarenta y cinco días. Tiene un arriendo que pagar, dos empleados esperando, proveedores presionando y clientes que al día siguiente buscarán otro taller.

Londres, Inglaterra. Mismo martes. 11:30 de la mañana.

A ocho mil kilómetros, en el edificio de Lloyd’s of London — ese bloque de acero y vidrio con escaleras mecánicas expuestas que parece una catedral financiera, enclavado en el corazón de la City of London, la famosa “Milla Cuadrada”, el distrito financiero histórico de Londres donde se concentra el poder asegurador y reasegurador del planeta, distinto de Londres como metrópoli — un syndicate (el consorcio de inversionistas que aportan capital para suscribir riesgo, la unidad operativa de Lloyd’s) celebra los resultados del trimestre con vino de champaña y canapés.

En alguna hoja de cálculo de ese piso, los cinco millones cuatrocientos mil pesos que Orlando Herrera pagó durante tres años son un número invisible, perdido entre millones de líneas. De esa plata, apenas una fracción llegó a este edificio. El corredor de seguros en Barranquilla se quedó con su tajada. La aseguradora colombiana retuvo su porción y cedió el grueso del riesgo al mercado internacional — a través de un corredor de reaseguros en Miami que también cobró lo suyo, y un intermediario con facultades de suscripción que se llevó otra parte. Lo que finalmente aterrizó en el syndicate de Lloyd’s ya era una fracción de una fracción.

En cualquier caso, el syndicate en Londres ganó dinero. El corredor de reaseguros ganó dinero. El intermediario en Miami ganó dinero. La aseguradora local ganó dinero. El corredor en Barranquilla ganó dinero. El único que perdió fue el que pagó.

Y Orlando sigue esperando entre los escombros de su taller, con un formulario FRI-07 en la mano, imposible de entender y preguntándose para qué pagó durante tres años.

Esto le sucede todos los días a miles de asegurados en América Latina. La industria aseguradora mundial opera bajo una cadena de extracción de valor que pocos conocen, que casi nadie entiende, y que lleva más de tres siglos funcionando bajo las mismas reglas.

Hoy vamos a desarmarla pieza por pieza.


🏛️ Los secretos de la cadena

Empecemos por el principio — o mejor, por el principio del principio.

En 1688, un hombre llamado Edward Lloyd abrió un café en Tower Street, en la City of London. Los mercaderes y capitanes que frecuentaban el establecimiento comenzaron a usarlo como punto de encuentro para negociar coberturas contra los riesgos del comercio marítimo. Alguien ponía un documento sobre la mesa describiendo el barco, la carga y la ruta, y los interesados en asumir parte del riesgo firmaban debajo — literalmente “underwriting”, escribir debajo. Así nació Lloyd’s of London, que 338 años después sigue siendo el epicentro del reaseguro global.

Hoy, el mercado de Londres maneja el 16.1% del reaseguro especializado mundial. Sumémosle Bermuda — un Territorio Británico de Ultramar en el Atlántico, con cero impuesto a las ganancias corporativas y regulación a la medida del sector, que controla cerca del 36% del capital global de reaseguros — y entre ambas plazas dominan más de la mitad de la capacidad del planeta para absorber riesgo.

La conexión con la Corona Británica no es fortuita: Londres concibe las reglas y Bermuda las ejecuta con ventaja fiscal. Los cuatro reaseguradores más grandes del mundo — Munich Re, Swiss Re, Hannover Re y SCOR — tienen sede en Alemania, Suiza y Francia, pero todos operan syndicates y colocan riesgo a través del mercado de Londres. La Milla Cuadrada es la plaza donde convergen, donde se fijan los precios y desde donde se irradian al resto del mundo. Acumulan cerca de 145 mil millones de dólares en primas brutas anuales. Es un oligopolio con pedigrí de tres siglos — y con una sola dirección postal que importa.

Ahora bien, si el capital está concentrado arriba, el poder de fijación de precios también. Cuando Munich Re o Swiss Re deciden que el reaseguro de catástrofe en América Latina se encarece un 15%, esa decisión — tomada en Zurich o en Múnich — se traslada en cascada hasta la prima que paga un comerciante en Bucaramanga o un maquilador en Monterrey.

Es más, las aseguradoras locales en Colombia, Perú o México rara vez retienen más del 20% o 30% del riesgo que suscriben. El 70% a 80% restante lo ceden al mercado internacional — a través de corredores en Miami, Londres o Bermuda — porque no tienen el capital para absorberlo. Esa dependencia estructural convierte a las aseguradoras latinoamericanas en distribuidoras locales (cuasi corredores) de un producto cuyo precio se fija en la City of London.

Así como lo lees: cuando le compras a una aseguradora local, rara vez le estás comprando el producto completo, sino una fracción pequeña. Y lo que debería importar al consumidor final es cómo las decisiones de ese oligopolio, que opera a ocho mil kilómetros de distancia, se irradian hacia abajo, eslabón por eslabón, hasta la póliza que se compras en Bogotá, Lima o Ciudad de México.


🔗 La cadena completa

Tú le pagas a un agente o corredor de seguros por la póliza. El corredor le saca una comisión a la aseguradora local que te vendió el seguro. A continuación, la aseguradora local — a través de un corredor de reaseguros — cede la mayor parte del riesgo a un MGA (Managing General Agent, un intermediario con facultades de suscripción) o directamente a un reasegurador internacional en Londres, Bermuda o Zurich. Es decir, la aseguradora doméstica solo retiene entre 20% y 30% del riesgo que está asegurándole al consumidor final. Y, para rematar, el MGA o reasegurador, a su vez, puede retroceder parte del riesgo que compró a otros reaseguradores.

Cada eslabón se queda con su comisión. Y, como lo habrás imaginado, para que esto funcione — para que tanto intermediario se quede con un buen pedazo de la torta — las primas que paga el consumidor final tienen que rebasar en exceso el verdadero precio del riesgo. Veamos los números que indignan:

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